Ronald Mora tuvo un punto de apoyo y movió su mundo

Nació en un precario, entre cafetales del San José de fines de los años 1970. Su padre lo abandonó. Su madre no sabía leer ni escribir, trabajaba lavando ropa, limpiando casas y aplanchando ajeno. Pero Ronald Mora Castillo heredó de ella la riqueza de su potencial humano.

Es el primer costarricense en ocupar un cargo en la sede la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE), en París, veterinario de la Universidad Nacional con una maestría en Epidemiología, informático por experiencia, habla tres idiomas, es un apasionado de la guitarra y del ajedrez, y como buen tico, también es mejenguero.

Por Hernán Gutiérrez

 

 

Hijo de la adversidad

En los setenta, Ofelia Mora migró de Llano Bonito de León Cortés a la capital, buscando mejor suerte. Dejó a sus dos hijos mayores en el campo, agarró de la mano a los dos menores y tomó aquel bus que no tenía viaje de regreso.  Con su compañero, que luego de pocos años la abandonaría, se instaló en el precario Los Chapulines, entre Zapote y Curridabat.

Allí nació Ronald. Lo único que le podía dar su madre eran sus apellidos y su modelo de vida: una mujer trabajadora, luchadora, visionaria y con un empuje impresionante para hacer frente a la adversidad.

Frente a la casa donde nació. Ronald es el de camiseta azul.

“En aquellos años los precarios eran muy diferentes. A pesar de todo, me gustaba. Eran casas que la gente construía, muy sencillas, pero eran casas. Mi madre construyó la suya con los ahorros que había podido hacer, compró madera y zinc, tenía pocas divisiones y un pequeño patio”.

Ronald creció allí hasta los 6 años al lado de dos hermanos mayores y su madre, hasta que el IMAS les dio una casa en Tirrases de Curridabat. Allí fue su infancia. “Está en un lote esquinero muy bonito, luego el barrio se ensució con la droga”.

Doña Ofelia tenía múltiples trabajos y laboraba no menos de 12 horas diarias, y Ronald y sus hermanos tenían que arreglárselas solos en la casa. “Mi mama, nos insistió siempre en que ella daba las condiciones y que era nuestra tarea estudiar y superarnos solitos”. “’Yo no les puedo ayudar, ustedes tienen capacidad, yo pongo de mi parte y ustedes de la suya’, nos decía”.

“Mi mamá fue analfabeta hasta los 60 años, luego entró en un programa de alfabetización de la tercera edad, eso me enorgullece mucho de Costa Rica, que haya esas oportunidades”.

El de amarillo es Ronald, su madre, William, Giovanni y el de la bici es Emmanuel, el menor.

“Nosotros éramos las niñeras, mi hermano mayor fue quien me cuidó y yo cuidé a mi hermano menor. Nos encargábamos de lavar la ropa y planchar las camisas del colegio, yo era el especialista en limpiar, mi mama estaba muy orgullosa cuando llegaba gente porque la casa siempre estaba muy limpia, desde muy pequeño me identifiqué mucho con el orden, hasta hoy día. Ella se iba temprano en la mañana y llegaba después de las ocho de la noche; aún así, era la que cocinaba”.

 

Dame un punto de apoyo y moveré el mundo

La frase de Arquímedes parece haberse cumplido con Ronald. Su madre trabajó como servidora doméstica en la casa del subdirector del Colegio Monterrey. Él y su esposa le propusieron aplicar a una beca de estudio para sus hijos. La institución tenía donadores internacionales y unos canadienses se comprometieron a financiar el costo del kínder, la primaria y la secundaria.

Una buena educación fue la palanca que hizo posible transformar su vida y romper el ciclo de la pobreza.  Ronald supo aprovechar ese golpe de suerte. Quizás aquellos extranjeros que financiaron su educación en un colegio bilingüe no imaginaban los frutos que se cosecharían de aquella inversión.

“Por mi condición socioeconómica fue un reto poderme adaptar a la vida en un colegio privado, tenía compañeros que paseaban por Europa con sus papas y nosotros con costos salíamos al Parque de la Paz en la Y griega. A pesar de un contexto de tanta desigualdad, en el colegio éramos todos iguales y yo fui muy esmerado académicamente. Mi mamá nos inculcó que la mejor herencia era la educación, la herramienta que abre las puertas para cualquier cosa en la vida”.

Eran condiciones muy exigentes, muchas tareas, asignaciones, proyectos, promedio mínimo y notas por encima de 90. “Si me sentí menos muchas veces no fue tanto por lo económico, sino por el hecho de vivir en una familia fragmentada; para mí era muy difícil explicar el abandono y la ausencia de mi padre. Sin embargo, yo estaba orgulloso de decir que mi mamá era también mi papá”.

“Eso fue algo que me dio mucho carácter. Cuando salí del colegio, eso me forjo mucho la personalidad. Para nosotros era extremadamente motivador que en el barrio éramos conocidos como los únicos niños que estudiábamos”.

Al salir del colegio, su madre les dijo que tenía algunos recursos para financiar solo una pequeña parte de los costos de una carrera universitaria. “Entonces teníamos que buscar una fuente de ingresos, pero siempre nos dejó claro que la prioridad sería el estudio, que no nos endulzáramos con el dinero, sino que el trabajo era para financiar una carrera profesional. Todos trabajábamos y estudiábamos, entonces bajamos la dependencia y aportamos a la casa, hasta que ella se liberó de los tres mayores y el ingreso fue para ella. Eso representó un cambio importante para su vida”.

Tiempos del colegio. Ronald toca el bombo legüero, primero a la izquierda.

 

El regalo de la música

La gran pasión de su vida ha sido la música. De adolescente era fanático del Heavy Metal, le gustaba Megadeth, Metallica, Slayer y Iron Maiden. Su sueño fue siempre tocar en una banda.  A pesar de no estar emparentado con ninguno de los famosos guitarristas Mora, su abuelito tocaba guitarra y le había regalado una a su mamá.

“Cuando comencé con la fiebre, ella me dijo que había una guitarra en la casa. Yo jamás la había visto, estaba en un rincón guindando en una bolsa, entonces la saqué, le cambié cuerdas y ahí comencé. Estudié guitarra y luego, junto con unos compañeros, empezamos a experimentar con una banda típica de garaje. Éramos cuatro miembros y los cinco amigos que llegaban a vernos”.

Estando en la U, la banda se formalizó y para entonces tocaban una especie de metal progresivo. Estudiaron música formalmente al mismo tiempo que llevaban sus carreras universitarias. “La banda se llamaba Lazharus y tenía un concepto evangelístico, los integrantes habíamos tenido una experiencia de vida religiosa que influyó nuestra música. Yo tocaba guitarra eléctrica. En 2001 tuvimos la oportunidad de hacer una gira por Guatemala y El Salvador en un evento llamado Independence Metal Fest, allí tocamos en eventos grandes y estadios”.

Cuando Ronald entró a la UNA le negaron la beca porque venía de un colegio privado y, a pesar de sus explicaciones, no se pudo. Sin muchas opciones para financiar su carrera, vio un anuncio de un grupo que se llamaba Orquesta Latinoamericana de Cuerdas de la UNA, y entonces fue, aplicó y gracias a la música pudo obtener beca 10.

“Allí aprendí a tocar charango, contrabajo, percusión latina, guitarra acústica y algo de piano. Yo daba clases privadas de guitarra para complementar mis ingresos y a partir de allí nunca he dejado de dar clases. Aquí en Francia he tenido varios alumnos y en mi trabajo tenemos un grupo, encontré músicos fabulosos y hemos hecho algunos shows”. En la casa de Ronald ya no caben las guitarras, tiene tres guitarras eléctricas, una guitarra electroacústica, dos ouds (guitarra árabe), una bandola colombiana y un requinto andino.

En un parque parisino de pic-nic con sus colegas de la OIE.

Su otra gran pasión es el ajedrez que lo practica desde el Colegio, donde fue campeón invicto.  Tiempo después, en Liberia, fue profesor de ajedrez de niños de escuela. “En una ocasión, durante una partida improvisada, sin saberlo, le gané a uno de los ex campeones nacionales, después el señor me invitó dos veces a su casa y jugamos con el reloj y me venció en ambas ocasiones, tal vez la primera vez fue un golpe de suerte”.

 

Un veterinario con calidez humana

Estuvo atraído por el derecho, pero se dio cuenta que las ciencias eran lo suyo. Se debatía entre la microbiología y la veterinaria y optó por ésta porque sentía que era una carrera con muchas ramas dónde desarrollarse, una de ellas la investigación.

De hecho, hizo una maestría y se especializó en epidemiología. Su primer trabajo fue precisamente abrir un laboratorio del Servicio Nacional de Salud Animal, SENASA, en 2007, en Guanacaste. Por encargo de la dirección le tocó armarlo y equiparlo. “Montamos un laboratorio para diagnosticar enfermedades del ganado en la zona, como la brucelosis y otras”.

Durante su época de estudiante de veterinaria siempre trabajó para completar los gastos de su carrera, pese a la beca. Trabajando en varios “Call Centre”, se formó como informático dando soporte remoto a usuarios de software. “Algo que hace 20 años era novedoso”.

Luego de 6 años en Liberia, Ronald fue ascendido para trabajar en la sede del SENASA en Barreal de Heredia, en la jefatura del Departamento de Diagnóstico veterinario y la coordinación de tres unidades relacionadas con enfermedades producidas por bacterias, virus y parásitos en ganado, caballos, aves, cerdos y especies silvestres en todo el país.

En La Cruz de Guanacaste, laborando para el SENASA.

Durante su paso por el SENASA se enfrentó a problemas distintos a ser un científico competente en su especialidad. Por ocupar puestos de jefatura desarrolló habilidades de comunicación que le permitieron ganarse la confianza tanto de los trabajadores de puestos modestos como de los altos jerarcas. “Descubrí que conocer al personal con quien trabajaba, más allá de su nombre, dónde y cómo vivían, qué sentían… me ayudaba mucho a ir al fondo de los problemas para resolverlos. Me acostumbré a hacer clic con las personas y ayudar a que se abran. Me percaté de que la calidez humana es clave para resolver problemas organizacionales y personales. Mis superiores me identificaron como una persona capaz de vender ideas y limar asperezas, y me vieron como un buen mediador para conseguir logros para su institución”.

Su excompañera de trabajo Sylvie Braibant admira su capacidad autodidacta y lo describe como una persona leal, responsable, puntual, dedicada y seria, pero también sorprendente. “Cuando toca la guitarra se transforma, se suelta el pelo, se viste de negro y es un músico genial, genial, genial…”.

Su amigo de toda la vida, Francisco Aguilar, lo destaca como perseverante y creativo. “Es una persona crítica que ha participado en diversas luchas sociales, científicas y políticas”.

Los seis años en Guanacaste y cuatro más en la sede del SENASA fueron una escuela para Ronald porque aprendió a manejar personal, elevar su perfil como científico y ganarse la confianza de las autoridades para desarrollar proyectos y representar a la institución ante otros organismos. Fue así como conoció a la OIE y con la que empezó a soñar con ser parte de ella, algún día.

En 2014 aplicó como candidato, superó todo el proceso de selección hasta llegar a la última terna, pero no fue seleccionado. Con más experiencia, tres años más tarde, volvió a aplicar y se ganó el puesto en la sede de la OIE, en París.

 

Analista y mejenguero 

 

Ronal fue el primer costarricense en ser contratado en la sede de la Organización Mundial de Salud Animal, OIE, en París, en 2017.  “Alcancé una meta que me había propuesto. En lo personal fue un gran momento que me ha llenado de mucho orgullo a mí y a mi familia. Para el SENASA fue un hito que un profesional salido de allí esté representando al país ante un organismo de tanto prestigio”.

La OIE es una organización internacional fundada en 1924, especializada en compartir información sobre la salud de los animales, investigaciones científicas sobre enfermedades y en elaborar normas sanitarias para los intercambios de animales y carnes entre otros.

Actualmente, Ronald trabaja analizando la información que envían los países y difundiéndola a través de una plataforma en internet llamada WAHIS, que permite observar la aparición de enfermedades. También da seguimiento a “rumores” para rastrear enfermedades que no han sido reportadas oficialmente.

Desde París se publica la información de 117 enfermedades que afectan animales terrestres y acuáticos para que los servicios veterinarios de todo el mundo analicen la información y tomen decisiones. “Por ejemplo, un país que importa carne puede seguir toda la historia sanitaria del país al que compra, analizar, ver si hay riesgos de transmisión de enfermedades y poder continuar o cerrar el comercio internacional”.

Un « rejuntado » de todo el mundo. El último, abajo a la derecha, es Ronald.

Esa plataforma se está renovando. “Será una plataforma más amigable para que un periodista o un productor de cabras, por ejemplo, puedan explorar y visualizar datos de la distribución e impacto de las enfermedades dentro de cada país o en algunos casos dentro de las distintas regiones en un mismo país”.

Por las manos de Ronald y su equipo pasan los informes semestrales de los 182 países miembros de la OIE y en esta etapa de renovación tecnológica de la plataforma él es responsable de uno de los dos módulos que se están empezando a modernizar.

Pero no todo es trabajo y música. En sus ratos libres, Ronald ‘mejenguea’ en las canchas de futbol 5 en Paris. Durante el verano se reúnen mejengueros de diferentes organizaciones internacionales en el Estadio de la Muette, en el distrito 16, donde concurren ‘fiebres’ de Canadá, Italia, Hungría, USA, Brasil, Japón, España, Australia, Alemania y Costa Rica.

 

Con su esposa Yuliana y su pequeña Nina Elena.

Un avión a París y unos ojitos intensos

 

Luego de la gran ilusión de instalarse en Francia, la visita de su madre a París en 2018 y el nacimiento de su hija en 2019 fueron los dos momentos de más emociones para Ronald.

Para doña Ofelia fue su primer pasaporte, su primer viaje al exterior, y su primera vez en un avión. Viajaba a disfrutar el regalo de un hijo que le daba gracias por la vida y los valores que lo hicieron una persona de bien, en medio de tanta adversidad.  Cuántas emociones habrán vibrado en su corazón y cuántos recuerdos encontrados habrán pasado por su mente mientras la aeronave aterrizaba en el Charles de Gaulle.

Yuliana Arias, su esposa; una ingeniera industrial de San Ramón que un amigo le presentó y con quien se casó en 2010; nunca se imaginó que en vez del San Juan de Dios o el Calderón le tocaría ir de primeriza al Hospital de Levallois, en París. Nina Elena tiene ahora diez meses.

Doña Ofelia dejo unos días su querida cocina de hierro para visitar a su hijo en Paris.

“He tenido muchas situaciones gratificantes en mi vida, pero ninguna satisfacción puede compararse con ver por primera vez a los ojos a nuestra hija. Ese milagro de la vida me impactó muchísimo. Yo estuve en el parto y fue el momento más intenso de mi vida”.

Fue la primera nieta de mi mamá, algo muy especial, porque ella había perdido a una hija, no había mujeres en la familia”. Unos meses después de su nacimiento, padre, madre, hija y abuela se encontraron en Costa Rica.

Levantar la cobija y descubrir la carita de su nieta debió ser lo más conmovedor que le había sucedido en sus 72 años. Y para Ronald, el orgullo de iniciar su paternidad con todas las posibilidades de modificar el modelo de papá que tuvo en su infancia. Fue como cerrar una puerta y abrir otra. Ese día, estar en medio de las tres mujeres más importantes en su vida -recuerda- fue maravilloso.