Carlos Poveda, un artista octogenario con curiosidad de niño

Es autodidacta, nunca estudió en una universidad, pero sus obras están en más de 30 museos en América Latina, Europa y Estados Unidos, además de haber participado en más de 150 exposiciones de arte en todo el mundo y haber ganado en Costa Rica, dos veces, el Premio Teodorico Quirós que otorga el Museo de Arte Costarricense en las categorías de pintura y escultura.

Es un hombre apasionado, amable, atento, curioso, creativo, humanista, detallista, perceptivo y trotamundos.

Por Hernán Gutiérrez

 

Carlos Poveda vive desde hace 20 años en Francia, donde dice que ha tenido la tranquilidad que necesitaba para crear. Y ciertamente tiene su taller en una apacible ciudad de las afueras de París, muy cerca del Chateau des Tourelles, un pequeño y hermoso castillo de Le Plessis-Trévise, donde fue invitado a exponer del 7 de febrero al 2 de marzo de este año, en ocasión de sus 80 años de edad y sus 60 años de vida artística.

Para la ocasión, la Embajada de Costa Rica en Francia organizó un encuentro del artista con un grupo de costarricenses residentes en París. El propio artista hizo una visita guiada donde explicó, cuadro por cuadro y escultura por escultura, los detalles que están detrás de la obra.

En este castillo del siglo XIX, nos cuenta su historia.

Yo nací en San José, calle 5 y 7, avenida 8, hay un callejón que se llama Pasaje Curling. En la última casita, en la más pequeña, allí pasé mi infancia”.

En la Escuela Juan Rudín, San José, 1947

Carlos es hijo de una ama de casa y un obrero con ideales socialistas que murió durante la Revolución del 48, cuando luchó en el bando de Calderón Guardia. “Yo tenía ocho años, estaba en la escuela. Mi madre quedó sola, fueron años muy duros. Éramos tres hermanos, hombres. Yo era el del medio. Tuvimos que rodar, nos fuimos a vivir a Tibás y después a Cartago”.

A mí me marcaron los hechos del 48, yo recuerdo las balaceras y haber visto en la esquina de mi casa a una persona que mataron. En ese tiempo yo estaba en la escuela Juan Rudín. Esos hechos de la guerra me convirtieron en un niño muy atento a lo que sucedía a mi alrededor y eso lo notaba mi maestra, la niña Carmen Ávalos. Ella se convirtió como en una segunda madre para mí. Detectó que yo podía dibujar con facilidad entonces era a mí a quien seleccionaba para ir al frente de la clase”.

Una vez lo mandó a la pizarra a hacer el Canal de Panamá. “Yo recuerdo que se lo hice en perspectiva, siendo un niño y sin ninguna formación. Yo me imaginé el barco llegando, desde la trompa, y las paredes de lado y lado, eso nunca se me olvida”.

Mi papá era mecánico de aviación en TACA, trabajaba en el aeropuerto de La Sabana. Él era un hombre que hacía cosas con sus manos. La casita donde vivíamos había sido hecha por él, y en la casa también hacía cosas con sus manos. De mi madre creo que heredé el amor por la música, a ella le fascinaba el canto. Yo nunca estudié música, pero mis trazos y mis dibujos tienen mucha musicalidad. A mí me encanta la música”.

A Carlos le hace feliz dibujar, pintar y descubrir en los materiales que se encuentra las posibilidades de expresión. “Eso lo tengo desde niño, yo recuerdo que mi mamá me echaba mucha broma, me decía: ‘Usted parece que anda siempre agachado como buscando a ver si se encuentra algo en el piso’. Y era así, cualquier cosa que yo viera, una monedita, un pedazo de metal… yo me agachaba a ver qué era. Siempre fui curioso”.

Entre la guerra de Vietnam y Costa Rica, el Universo se le abrió

Así era su manera de dibujar. Venezuela,1970

Todo empezó en 1960 con un puñado de papeles y muchos trazos. De sus manos jóvenes empezaron a salir los primeros dibujos a sus 20 años. Nacía un artista.

En 1964, se fue a vivir a Washington D.C., y un año más tarde recibió sus dos primeros premios, con apenas 25 años: una Mención de Honor, en dibujo, de la Octava Bienal de Arte de Sao Paulo en Brasil y el Premio Teodorico Quirós de pintura que otorga el Museo de Arte Costarricense. “Siempre me gustó viajar. Comencé a ser recibido en muchos países y por muchas personas. Bogotá, Buenos Aires, México…  conocí a Jorge Luis Borges; Astor Piazzolla venía a escuchar jazz conmigo a Washington D.C. … El Universo se me abrió”.

Con Costa Rica tenía emociones muy fuertes con todo lo del 48. Entonces yo dije: si se me están abriendo las puertas y yo no estudié en el Liceo de Costa Rica ni en la Universidad de Costa Rica, soy conocido siendo un autodidacta, entonces por qué no seguir. La misma vida me fue llevando a viajar y a establecerme fuera de mi país”.

Viviendo en Washington se le presentó un fuerte dilema: ¿Ir a pelear a Vietnam u olvidarse del ‘sueño americano’? Su visa estadounidense estaba por vencerse y la opción que tenía para seguir viviendo en Estados Unidos era regresar a Costa Rica para enfrentar un largo papeleo o alistarse en el Ejercito para ir a combatir a Vietnam.

Con un grupo de profesores de Artes Gráficas, de la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas, en Caracas. Venezuela, 1972

Entonces se decidió por abandonar Estados Unidos y pensó en un país de América Latina artísticamente pujante. Algunos coleccionistas que compraban sus obras le recomendaron el país que en esos años era el más dinámico en arte moderno.

Tomó un vuelo hacia Venezuela en 1968. Allá terminó de vivir los 30 años que le quedaban al siglo XX. Desde Caracas, visitó casi todos los países de América Latina y los más importantes de Europa para exponer sus dibujos, sus pinturas y sus esculturas.

En Venezuela hice gran parte de mi carrera. Fui invitado a ser profesor y luego director de una escuela de Artes Plásticas, sin tener un diploma de estudios formales que me respaldara”. Fue en ese país donde dio forma a la mayoría de sus creaciones artísticas.

En Venezuela se casó con Raquel Chonchol. Sus años allí terminaron porque la situación política empezaba a complicarse. “Mi esposa y yo vimos que no se veía bonito el futuro en Venezuela. Entonces pensamos en vivir en otro país. Hace unos 20 años hicimos un viaje por varios lugares de Europa y pasando por Francia, nos enamoramos de París. Desde entonces un costarricense más se unió a cientos de artistas de todo el mundo que residen en este país.

En su taller en París. 2014 (Foto de Mauricio Madrigal)

Llegó un momento en que salté de la pared

Los artistas van evolucionando a través de los años y sus mismas experiencias creativas los van llevando a experimentar y desarrollar cada vez más habilidades. Y Carlos no fue la excepción. En sus años de juventud trabajó sobre todo el dibujo y años más tarde, cuando se dio cuenta, ya estaba en el terreno de la escultura moderna.

Empecé como dibujante, luego seguí pintando sobre tela y otros soportes, después mis cuadros se convirtieron en collage, en ensamblajes, hasta que llegó el momento en que salté de la pared y comencé a hacer objetos: los árboles, la culinaria… “.

Las obras de Poveda han sido expuestas en 17 países de América Latina, Estados Unidos y Europa, en más de 40 exposiciones individuales y 118 exposiciones colectivas. Las ha presentado en las principales capitales del arte mundial como Nueva York, Roma, París, Berlín y Madrid y en las ciudades latinoamericanas con gran dinamismo cultural como México, Buenos Aires, Sao Paulo, Río de Janeiro y Caracas.

De sus muchas obras como escultor, Poveda tiene una producción de 120 platos. Platos reales de diferentes colores, formas y tamaños en cuya superficie colocó objetos hechos de diversos materiales como el aluminio o el polietileno. “Pongo un plato como si fuera el marco de un cuadro y el plato se asocia a la comida, pero lo que está encima del plato no es comida, esa incógnita me encanta. En mis platos se provoca un choque, eso me gusta mucho”.

A pesar de que creó más de cien platos, Carlos dice, en tono de broma, que nunca cocinó ni un huevo. Sus comidas preferidas son las que hace su esposa que, según él, tiene un universo creativo en la cocina.

 

 

 

No parece que tenga más de 50 años fuera de Costa Rica

Su vínculo con Costa Rica siempre está vivo. A lo largo de 47 años, desde 1962 hasta 2009 que fue su última exposición en nuestro país, ha expuesto en el Museo de Arte Costarricense, en el Banco Central, en el Museo de los niños, en el Museo Nacional y en galerías privadas.

En 2013 Carlos recibió el Premio de Escultura Teodorico Quirós, del Museo de Arte Costarricense. El acta del premio decía: “El arte de Carlos Poveda, sutil y profundamente contemporáneo, ha llevado el nombre de nuestro país a la comunidad internacional”.

 Viaja frecuentemente a Costa Rica donde tiene familia y muchos amigos. “Ahora guardo una relación muy linda con mi país, tengo muchas personas allá que admiran mi trabajo y me invitan a exponer”.

Su sentimiento de pertenencia a Costa Rica lo motivó a trabajar por la cohesión de los costarricenses residentes en Francia. Hace poco más de 10 años, bajo la iniciativa del diplomático Sergio Vinocour, Carlos Poveda y otros costarricenses como Silvia Espinoza, María  Méndez y Orietta Vargas fundaron la Asociación de Costarricenses en Francia (ACRF).

Hemos ayudado aquí a costarricenses que lo necesitaban y hemos apoyado las actividades del cuerpo diplomático de Costa Rica en Francia”, comentó Carlos, quien fue el primer presidente de la ACRF.

Orietta nos cuenta que en un inicio la Asociación no tenía ni local y hacían las reuniones en casa del artista: “Él dedicaba casi un 100% a su trabajo como presidente, fue una linda experiencia para todos los que trabajamos a su lado. Don Carlos tiene un alto sentido humanista, no duda ni un instante para ayudar o dar un consejo”.

En los jardines del Château de Tourelles, ya se aproximaba el grupo de costarricenses que llegaron a compartir con el artista. Apurando la conversación le pregunté: Carlos ¿Qué tiene pendiente de hacer entre sus sueños de artista? Algo que, como cuando era niño, anduviera buscando a ver qué se encontraba en el piso…

Hizo una pausa para pensar y afirmó: “Ya hice figuras humanas, paisajes y bodegones ¿Y ahora? Los retos son lo más lindo en la vida. No sé qué viene, pero sé que algo va a venir y eso me tiene a la expectativa. Esto de saber que viene algo nuevo y que me va a retar a responder es algo que me encanta, aunque no sepa qué es”.